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Si puedes ponerte hoy de puntillas, mañana volarás.

Hilos de vida

Dicen que la corriente sólo arrastra a los débiles. Pero no debió ser ésta una ilusión vivida hace mucho tiempo ya que le vino a la memoria la noche del día anterior. Las copas de última hora tampoco ayudaron.

En menos de veinticuatro horas se encontraba hundida en el fango, literalmente. Aleteaba entre la mejana para darse el impulso para salir y saltar de allí. Le cegaba el sol de media tarde, el caudal introvertido de un río que se te traga por los pies para aspirarse su propio aliento. Un puente empedrado y la belleza de un horizonte en calma le dieron el suficiente resuello como para subirse a un tronco. Entendía ahora por qué sus antepasados querían que sus cenizas sobrevolasen junto a esa imagen indescriptible de belleza. El horizonte y un río serpenteante. El contraste entre los movimientos del cuerpo y la quietud del agua, le recordó que no sabía quién le había traído allí. Leer más…

Otoño

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Si en bruma me convirtiera

dejaría que el sol se alejara

para buscar la fina lluvia.

 

Y en esa gota empapada

muda y desarmada

el hielo de tu presencia.

 

Iré desdoblando tus aristas

hasta enmudecer tu sombra

y de tu aliento, haré rey al silencio.

 

Qué te queda

sino el río de tu alma

y entre batalla y cruzada

honores y venganza.

  

Sólo la bruma

ve lo que otros no pueden.

y avisado el otoño,

Cae la máscara y baila el sueño.

 

 

Skimpole, o el arte universal del engaño

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Bleak house. (C. Dickens)

 

Los grandes conocedores de la literatura y creadores de la ardua tarea de trasladar conocimientos poco manidos y esenciales para la interpretación de las obras maestras, no suelen ser muy habituales.

Tropecé por casualidad, hace escasos días, con el libro “Curso de Literatura Europea” de Vladimir Nabokov, resultado de las experiencias del autor como profesor de literatura en distintas universidades y en el que repasa siete obras maestras de la literatura universal.

Siete obras maestras, que el prologuista John Updike llega a considerar “tan llamativas como el diseño arlequinado de los cristales de colores a través de los cuales Nabokov de niño, en la época en la que le leían en el porche de su casa de verano, se asomaba al jardín familiar”.

La Casa Lúgubre de Charles Dickens, es una de ellas. Armada por los cuatro costados del mejor y el más universal Dickens, fue supuestamente recomendada y leída por su padre en los años en los que rozaba la adolescencia. Ya entrado en años, el autor de “Lolita”, no dudó en volver a leer y disfrutar con cada una de los personajes que enredan la trama, así como con la belleza de los detalles plasmados de la época.

Hay un personaje en el que especialmente repara el autor, Harold Skimpole; personaje aparentemente secundario que va agilizando el ritmo de la trama, para acabar convirtiéndose en un carácter especial, por las aportaciones que realiza.

Skimpole representa en primer lugar la mente abierta, el candor vivaracho, libre de obligaciones y responsabilidades, un hombre cándido en un mundo falaz que “contacta con una de las más viejas debilidades del mundo: carecer de toda noción de tiempo y de toda noción del dinero”. Él mismo se presenta en uno de sus capítulos como “el ser más maravilloso de la tierra: un niño”.

El mismo cree que es tan inocente, tan digno y tan despreocupado como un chiquillo. Y eso es precisamente lo que atrae de él irremediablemente a los otros personajes.

La sencillez, la lozanía, el entusiasmo y la cándida ineptitud por todos los asuntos mundanos. Lo que hoy podríamos llamar un personaje que provoca una alta empatía, por el contraste que ofrece con lo que nos sentimos identificados a diario.

Es, sin duda, uno de los personajes que Dickens ha trabajado con una original artesanía. Desde sus tics, manías, espíritu histriónico, ademanes grotescos… tiene ese encantador perfil descriptivo que afanosamente cada uno de los lectores van buscando en cada capítulo, aunque aparentemente no pueda aportar nada decisivo en la novela. Apariencia de juglar que, sin duda, motiva la compasión.

Pero lo que en un principio puede darnos idea de un perfecto personaje acusado por el síndrome de Peter Pan; poco dado a madurar, viviendo la fantasía que otorga la inocencia de la infancia; se va tornando diferente en cuanto avanza la novela. De músico aficionado, médico practicante que no duda en abandonar sus tareas, desafortunado en los negocios, exagerado hasta la sátira en sus gestos de inocencia; no es lo que aparenta.

A raíz de este encanto, empezamos a percibir la crueldad esencial, la vulgaridad y la falta de honradez. De ese ingenio infantil, superficial y acomodado benefactor hacia los más desfavorecidos, pasamos a observar una criatura incapaz de desenvolverse fuera del engaño. Skimpole tiene un aguijón que permanece oculto mucho tiempo.

Su mundo es un mundo de imitación, igual que su infantilismo. El niño Skimpole es en realidad Skimpole el impostor. Esa imitación primigenia y reveladora hacia Peter Pan y el mundo de la aventura y el sueño es completamente falaz. El rol de Harold, aparentemente identificado como un ser excluido de la sociedad, -que vela por el inconformismo de la rutina, la atención al que sufre y además se abandona a los placeres mundanos-, queda en entredicho.

Y es sobre todo en este punto, en el que se admira al escritor inglés por la capacidad de crear símbolos universales, que no han trascendido en la medida que deberían, por quedar agazapados a la sombra de los grandes personajes de las novelas que acaban por ejercer de villanos, o tiranos respecto a estos últimos, que se diluyen conforme transcurre la trama.

Charles Dickens es consciente de la brillantez de su creación, pero decide que Skimpole acabe teniendo un papel residual en la novela. Un papel que algunos adelantamos a entresacarlos de ese papel secundario y colocarlo como referente de los nuevos tiempos en tanto en cuanto adquieren una presencia mucho más realista que los personajes de carne y hueso.

También Nabokov reconocería más tarde: “el mundo de un gran escritor es en efecto, una democracia mágica donde el personaje más secundario, el más efímero, como la persona que lanza al aire una moneda, tiene derecho a vivir y evolucionar”.

 

 

A contracorriente

Corrientes peligrosas

Dejó atrás esos amores de agua dulce, retranqueando la puerta del olvido. Si ha de convertirse el amor en infinito, es necesario que desancle el bote en plena marea viva cuanto antes. El sueño del viejo y el mar se apoderó de cuantos se bañaban en las rías con sus poderosas corrientes. No tenía ningún sentido que fueran a contracorriente, -insensatos-, con tan solo mirar sus sonrisas, imaginaba el cambio de ritual del océano y el acecho inimaginable del desastre. No había pieza submarina que pudiera arrebatarles la vida, pero sí roca que contemplara ansiosa sus semblantes, esperando la hora.

Las tragedias campan a sus anchas en el día y la hora menos esperada. Se lo tenía que contar a Ulrico, que retaba en duelo a la muerte los días de plenilunio; con esa chulería propia de quien desconoce las sombras que depara el destino. Y era esa bravuconería la que le había atado de pies a cabeza desde que lo conoció. El amaba la mar por encima de todo, aunque sabía que su tristeza ocasional le recordaba a veces a ella, y es entonces cuando volvía tierra adentro, refugiándose en la calidez del antiguo faro.

Ambos habían nacido al amparo de los símbolos del fuego y el agua; alumbraban su estirpe soñadora bajo los encinares en los meses de otoño, y cruzaban las historias de sus antepasados con el único propósito de sentirse inmortales. A ella le era necesario pintar, lo mismo que a él sumergirse en alta mar. Si el arte tuviera un único semblante, ella lo perfilaría a imagen y semejanza de su espalda y él tallaría en la roca una sirena de los mares de Goring.

A medida que el peligro en el otro lado de la orilla, avanzaba, las olas aumentaban su tamaño y la resaca se hacía cada vez más incontrolada. Aquellos insensatos ya ni siquiera sonreían, sino que más bien, contorneaban sus brazos en señal de auxilio. No se hicieron esperar los efectivos de salvamento que a duras penas esquivaban la torrencial bravura del oleaje.

Fue aquel instante, en el que quiso agudizar su vista para contemplar con mayor detalle lo que ocurría, cuando quedó detenido su corazón, en seco. Como si le hubieran lanzado una piedra desde lo lejos. Lo había visto. Ahí estaba. Era él. Entre brazos, olas, llantos, y agitación. Cuando el hombre es únicamente hombre y queda a merced de la naturaleza…y ahí supo con certeza que su corazón no volvería a latir y que la tristeza ya ni siquiera volvería a ser tristeza.

Si ha de convertirse el amor en infinito, es necesario que desancle el bote ahora, en plena marea viva…y así se adentró en la mar, con los ojos mirando al cielo y dejándose llevar.

 

La sota de diamantes

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“Únicamente conocemos el flujo diario de los acontecimientos perceptibles. Un alma que se ha rebelado contra el carácter rectilíneo de los acontecimientos, es quien ha puesto en jaque a su propia conciencia racional”.

 

Fiódor Dostoievski persigue disuadir así, escribiendo, su persistente dolor en la nada. Confía igualar su propia tragedia con la de los desdichados porque a ellos se les reconocen motivos suficientes y aparentes como para redimir a un pueblo de su propia esclavitud.

Entre cada ataque de epilepsia, apila más textos de Balzac en la mesilla para traducir. Una corriente de aire occidental que no empaña la visión recóndita de la lealtad a unos principios basados en la pasión por la libertad humana.

Y, es Balzac, quien se le aproxima por la espalda con la intención de darle a conocer uno de sus últimos secretos; la transcripción valiosa de una sociedad tan moderna como enferma, más propia de una comunidad de farsantes, donde la apariencia adquiere estatus de realidad incontestable.

El lenguaje es para ellos tan importante como la vida. Porque de ahí nace otra escapatoria y se ahoga el sufrimiento encarnizado que presagia ese otro mundo de la barbarie. El valor de narrar es una forma de inteligencia. Ambos coinciden. Uno abraza la comedia y por imitación la risa. Otro, el absurdo y la naturaleza condenatoria. Es una carrera sin duelo aparente, por alcanzar un destino libre de infortunios.

La simbiosis de la controversia insta al conocimiento de las lenguas. La pluma de Fiódor huele a polvo y chinche de Siberia y la de Balzac a noches insomnes cargadas de excesos. Pero el ingenio se reconoce a la misma distancia que el origen de sus mentes inquietas. A grandes saltos esquivan la sombra de la sota de diamantes, aun cruelmente presente en cada uno de sus sueños. Los personajes se pierden para volver a cruzarse, sin encontrarse de nuevo jamás.

El hombre desplazado

el espíritu de la ilustración

Tzvtetan Todorov se considera un hombre de las dos Europas: la del Este y la del Oeste. Se define como “un hombre desplazado”, ya que siempre viaja de su país de origen y se muestra sorprendido al país al que llega. Es un hombre ilustrado. Manifiesta su disgusto por el maniqueísmo y atisba con gran agudeza la deriva de las democracias modernas. Retrata como nadie el espíritu de la Ilustración, porque cree que Europa es un resultado de esta actitud y su filosofía.

Hoy todos observamos atónitos la puesta en evidencia de las fuerzas políticas centrífugas, y también centrípetas que asolan a los países en su día a día, y en su relación con los demás. Asistimos a un cierto estancamiento porque la verdad se ha vuelto frágil y la opinión pública engulle en momentos decisivos la libertad del individuo.

Una de las proclamas de Tveztan Todorov es volver a recobrar el humanismo de la ilustración: buscar la verdad, en vez de intentar , reiteradamente, poseerla. Tendríamos que respondernos con voz crítica a la pregunta: ¿sobre qué base intelectual y moral queremos construir nuestra vida en común?.

En primer lugar, los hombres de la ilustración, como apunta Todorov, se dedicaban a observar, estudiar y describir creencias que servían de camino a la tolerancia y a la libertad de conciencia. En este sentido, se abría una puerta al mundo sensible y se descubrían los derechos inalienables de los hombres.

Hoy, la alienación en muchos campos en donde actúa el hombre es un hecho, acentuada por una crisis económica que dificulta la difusión de la cultura y el saber.

“El espíritu de la Ilustración hace un elogio del conocimiento que libera a los seres humanos de tutelas externas que los oprimen”, afirma Todorov.

Claves como el conocimiento, la autonomía, la universalidad y el entendimiento no se darían si no se utilizaran el testimonio de los sentidos y la capacidad de razonar. Carecemos de espíritu crítico porque el escepticismo es generalizado y la burla sistemática tiene de sabiduría sólo la apariencia.

La educación es vital para hacer individuos capaces, que les distinga su autonomía y sean conscientes de que el poder público no tiene derecho a decidir en última instancia donde reside la verdad. No hay que confundir los objetivos con los medios .

La pluralidad es en sí, fuente de ventajas . Además, establecer como base la unidad, sacando ventajas de las diferencias, puede facilitar el espíritu constructivo.

Según versan algunas de las lecciones magistrales de Todorov, la Ilustración ya no es una doctrina históricamente situada, sino una actitud ante el mundo.

¿Seremos capaces de seguir integrando las diferencias sin hacerlas desaparecer?.

 

Balboa

 

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A esa hora en la que el barro deja su huella en las calles de Puerto Micay, entró la hora de la desgracia. Todos los pescadores de la zona conocían a Balboa. El pequeño sabueso, el fino perro colombiano, sin casa ni nombre, que apareció en el pueblo como arrastrado por las últimas inundaciones. Mami Gana lo había acogido en su casa. Decía que era el primero en oler la muerte. Daba igual si la mala hora entraba por el agua dulce o salada; Balboa tenía el olfato de los ciegos videntes.

Los pescadores a la vuelta de faenar, temían la entrada en tierra. Balboa les esperaba en el muelle. A una milla vista, ya los ojos del pequeño sabueso se incrustaban en la retina de los marinos. Para algunos, la sangre golpeaba con tal fuerza al notar su presencia; que preferían saltar del barco y llegar a nado, pensando que así, evitarían ser los escogidos por el canino destino.

Primero fue Cruz de la Vera. Cuentan que al minuto del desembarco, el aullador Balboa, pegó su lomo cobrizo a las botas y piernas sudorosas del comandante y no se despegó hasta veinte pasos a la entrada de su chamizo. Lo demás resta contarlo. Las fiebres aparecieron a su esposa y pronto mudó a intermitentes delirios. La cruz no se dejó esperar.

En los meses de aguacero, la mar sólo deja faenar hasta la roca de la Virgen. Y en eso se apoyaban los marinos para pensar que eso les libraría de la mala hora. Las leyendas de la vieja Europa y su océano bribón traían ecos milagrosos de naufragios con supervivientes. Rezaban al tiempo que tensaban las redes e intuían las orejas gachas del sabueso. Acechándoles. Bajo el cielo rebelde y embaucador de fatales destinos.

Esta vez fue el joven Taín. Al despedirse de toda la tripulación y con el deseo de contar a su familia que ya era un hombre de mar, llegó al comercio que regentaban sus bisabuelos. Allí estaba Balboa. Con la inmensa quietud de quien ha cazado un espíritu para la otra vida. El joven Taín, absorto en su horror, buscaba la evidencia. Y así, casi de inmediato, encontró la mala hora. Bajo el surco de las lágrimas de la abuela. Ahí, yacía el hombre que quería para él una mejor vida. Sin aliento.

Mami Gana decidió retener al pequeño sabueso en su casa ya que por las noches intuía, en medio de las incesantes lluvias, voces que hablaban de veneno extraído de caña y dormideras que no dejan rastro.

Una mañana de un mes que nunca deberían haberle puesto nombre, Balboa, desapareció. Ni el sol quiso darle un nuevo destino, ni la lluvia quiso ver su sombra en paradero alguno. El muelle volvió a recobrar la vida.

 

 

 

 

Delirios de escritor

¿Y si todo se tornase en vértigo por amar, aún a riesgo de ser excluido del mundo de los vivos?

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“Sólo puede admirar la belleza, quien adquiere el valor innato de la Belleza”. Le ofrezco a Rainer María Rilke (“René”) la Eneida de Plotino y la rechaza, ciertamente, a escondidas. Y en otra de sus crisis agudas de aliento, decide desembarazarse de las ataduras más recientes y asume en silencio volver a Praga.

He amenazado con seguirte, pero sabes que tus males no me pueden acompañar por mucho tiempo. Se va quedando sin recursos, excepto por la contemplación de una soledad sonora que le revela un cierto halo de artista maldito.

Encerrados como estamos en este mundo cautivo, los sentidos han quedado apartados a merced de una sociedad burguesa, de la que has decidido prescindir para bucear en el mundo eslavo, ¿Quién te dotó con el mensaje oculto de los idiomas?. El alma y el espíritu, según tu vocación mística, intuyo. La lírica se posa sobre el símbolo imperturbable del camino hacia la muerte. Y tú la acompañas.

No sirven las letras para apaciguar los fantasmas que reaparecen y te dejan insomne; no existe la literatura, no al menos como tú la reconocías: como inefable refugio en las sombras.

Si tu corazón busca otros destinos es porque tu cuerpo cierra azarosos capítulos. “La vida no está marcada por el tiempo de los relojes, sino por la eternidad, que es también un espacio inmenso”. Me dijiste, mientras recordabas las estancias con Rodin, y la necesidad de concentrar la belleza por contrarrestar el último asalto de sufrimiento.

En la libertad de crear, está la libertad de ser. Amagaste con volver a repetirlo. Pero ya en la distancia, no fueron las palabras, ni los gestos, ni tan siquiera tu sombra…la que recordaría años más tarde. Sino el reino de la verdad como aprendizaje de la belleza .

Gota de lluvia

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Si el mar paciente espera

otra nueva marea

no quieras correr, primavera.

 

En tu cuerpo,

la savia no tiene hora, ni tiempo

sólo la espera, de quien se dice, amor eterno.

 

Los almendros fijan en tí,

la quietud de amaneceres en vela

coge tu dolor e implora

que no quiera correr la primavera.

 

Si tu cuerpo

enjaula sueños

de alas heladas

llama a la lluvia y dile

que haga esperar a la primavera.

 

A Chopin, siempre.

Y tú, ¿de quién eres?

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El sentido de pertenencia es algo que inequívocamente se va reproduciendo en las sociedades modernas para dar respuesta a ese ser social que, supuestamente, forma parte de nuestro carácter.

Y si bien, observamos  variadas fórmulas de agrupación social que por su propia esencia establecen  como fin último el bien común en las distintas ramas en las que se expresa el hombre; hay otras formas de asociación cuya naturaleza  es creada en virtud de la oposición a algunos de los acontecimientos  que subyacen en la cotidianidad de nuestros días. Las dos caras de la moneda.

El ocio, que se reserva un lugar importante en la sociedad del bienestar, está siendo el primero en reflejar el paso de individuos a colectivos que disfrutan de una forma de hacer o ser, en grupo. De satisfacciones individuales pasamos a vivencias en grupo, tomadas como experiencias de mayor intensidad.

Hasta aquí, es interesante comprobar que los humanos somos capaces de realizar grandes proezas en equipo: ayudar y tender la mano, cultivar la belleza, promover la salud, competir en el deporte, preservar las huellas de la civilización del  hombre, buscar  un mayor y mejor entendimiento de las cosas.

En el mundo de las ideas, también han ido surgiendo combinaciones que han velado por mantener el espíritu de los propios ideales en firme. La actuación ha permitido poner en orden y en escena esos principios acuñados por minorías, o incluso no tan minorías.

Constreñidos hoy por realidades poco halagüeñas en muchos de los ámbitos donde se mueve el hombre, los ideales han quedado refrenados por el propio devenir de los acontecimientos. El posicionamiento hermético o el ataque continuado y devastador hacia todo aquello que no se identifique con uno, ha creado un poso incómodo donde moverse, con la sensación de que poco a poco nada puede cambiar. Y el ejercicio del pensamiento libre vuelve a pocas plumas y además destinadas a su propio exilio voluntario.

Paulatinamente, la actuación “de parte”, genera un diagrama donde no caben las sorpresas. Puede ser que se imprima un mayor grado de puesta en común, pero a la postre, el sentido de pertenencia obliga a querer contar siempre con individuos que afiancen una fidelidad y mantengan la señal de identidad del grupo, aun cuando se tengan que sacrificar las grandes ideas, que a la larga, enriquecerían al grupo.

La libertad cada vez es un bien más invisible, o la apariencia ha doblegado por doquier sus armas y es difícil saber restañar lo verdaderamente auténtico de lo que ya no es original.

El peligro de cobijarse en el no pensamiento, no acción; es que al final lo sencillo es apuntarse a la remisión de la voluntad.

De igual manera que el asalto impune al respeto es un atropello en toda regla, las condiciones de convivencia reclaman espacios de libertad individual y colectiva, sin tener que valerse de una pertenencia para desenvolverse con naturalidad en todos los órdenes en los que el hombre va pasando por la vida.