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Si puedes ponerte hoy de puntillas, mañana volarás.

Las CasetasHay caminos que se transitan en silencio. Y hay silencios que se transitan sólo en compañía de atardeceres, velados. Al perder las palabras, el tiempo de los hombres se vuelve más incómodo. Y es Cêzanne quien enseña de nuevo el color, privilegio de una tierra amada.

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Si de amar supieras

 

Se trata de buscar el lugar desde el que ver

Eduardo Chillida

 

 

 

 

Si de amar supieras

entenderías el roce de mis alas

Alas heladas

de la lluvia de abril.

 

Alta es la mar

y pocas las palabras

porque quien ama a infinito

no sabe ni de tierras, ni destinos.

 

Si de enfundar

tu pena supieses,

no estaría mi nombre en tu recuerdo

ni la llave de tus manos en mi cintura.

 

El amor que encuentra

no es amor que fíe al porvenir,

pero sí quien busca desde la sombra y duda.

 

Te he pensado tanto

como tú me has soñado,

y de eternas quimeras

seguimos perpetuando el horizonte.

Livianas muchedumbres

 

 

 

 

 

 

Los búfalos buscan trascender el contacto con sus semejantes para eclipsar el calor del sol y crear esa película de espacio y polvo que amaga con hacer desaparecer los horizontes. Son películas de “frames” que retornan en los meses de estío. Y ¿quién da el primer paso? ¿El más veterano? Se suceden las marchas y estampidas de los mastodontes mientras los chinches abandonan las alcantarillas.

Hay oasis de asfalto instigador de vahos de aceite y relojes dalinianos. Al deseo no hace falta ponerle un precio, sólo tiene un nombre evocador y risueño. Y el sueño siempre lleva a una larga senda de hormigas. El orden configurado de livianas muchedumbres. Pisan lo mismo piedras que arena, Y quién da el primer paso? ¿Ella, a la que llaman reina? De paso tan firme como decidido…

Los circuitos de calles y avenidas reposan sobre las idas y venidas de hombres y mujeres acalorados. Livianas muchedumbres que amagan con parecerse a ese otro. Identidades perdidas que a la postre descienden a los pozos de la servidumbre. Sumidos en sus propias cárceles de barro.

Muchedumbre y mansedumbre. Las hay livianas, aparentemente sin consistencia.

Llega el poder evocador del solsticio de verano. De forma inequívoca.

Y con él, la palabra.

 

 

Allá yace Ayax, el semejante a Ares y también allá

Aquiles,

Y allá Patroclo, consejero prudente como un Dios,

Y allá mi querido hijo

Odisea

(Fragmento de Longino en “De lo sublime”)

Escondites insalvables

La fuga constante de sus ideas voltearon en huidas de memoria no intencionadas.

Puede decirse que fue una esencia cultivada en el mar del Norte. De anclas y sueltes de amarre, amores duraderos que hoy fijan una retina turbia, paralizada por las heridas de la vida.

Quien habla hoy, calló ayer. Calló con la lluvia, y con ella, vino la melancolía. Te pudo la vida. La que te arranca la voz y el aliento. Los marinos cambiaron tu arena por cemento y nunca volviste a andar descalza. Las lamias, invocan tu regreso, en la noche, entre pasadizos de infancia, donde aún quieres volver…

El cuerpo, no es cuerpo, pero el alma te la pintaron rebelde, Frida. Sensible, taciturna, y agolpada en los límites, los que arañan porque quieres que aún te lastimen más.

Preferirías una vida insensata, pero llegó la pérdida. Ese escondite insalvable en el que te encuentras sin previo aviso. Desnuda. Ironía de la inteligencia y el humor, donde has sabido jugar tus cartas contra la hipocresía.

Sin tinta empecé a escribir, veinte años atrás. Con el soplo del aire para desdibujar tu futura ausencia.

Las malditas realidades van y vienen. Y el escondite insalvable de la pérdida reaparece. La inigualable maestra del querer. Sangre de mi sangre. La gran maga de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aprendí a pronunciar Ghirlandaio al mismo tiempo que intentabas reconstruir el espacio que te rodeaba tras la muerte de tu madre. Me costó lo mismo que a ti, unas cuantas primaveras. Y luego me enseñaste a mirar las Madonnas de Giotto. Y también a Florencia, y a Roma y a los clásicos. Nunca eché en falta los manuales de Gombrich que atestaban tus estanterías porque siempre pensé que en esa mirada dolida habitaba la sensibilidad del ser que ama la belleza. Leer más…

Amor

 

 

 

 

 

El amor está hecho de sílabas.

Quien conoce océanos, nunca vuelve a tierra.

Sólo el verdadero poeta toca el amor.

El verbo amar tiene nombre de reina.

 

       Y mis silencios son, a ti debidos, siempre.

El metrónomo

En sus clases diarias, nunca olvidaba el metrónomo. El creía que a sus alumnos les ayudaba a delimitar tiempos y compases; pero lo que en realidad no sabía es que la esencia de su vida se había colado a través de este instrumento. Daba pasos a ritmo de metrónomo. Escudriñaba los movimientos de la gente a marcha de metrónomo. Pensaba y cerraba sus interrogantes a golpe de metrónomo. Las mañanas se giraban al volante y los atardeceres fríos se agolpaban con ese latido intermitente. Con olor a tronco henchido por las lluvias, las horas se simultaneaban con uno y otro azar, sin más pretensión que pestañear. Doble o nada. El vigía del tiempo, su valor seguro.

10 de marzo de 1933. Nace Philip Roth. 10 de marzo de 1983. Oliver Sacks es fotografiado en Londres. Lee sin descanso números y letras que coinciden en el periódico de turno, mientras deja practicar a sus alumnos uno a uno al piano. Está convencido de que el ensayo de “beatiful mess” acabará por ceñirse al milimétrico espacio de un ritmo exacto. Ha finalizado uno de los ensayos. La infalible sensación de plenitud le hace olvidar en uno de sus rincones tanto el diapasón como el metrónomo y con él, la última de las notas atribuida a su fortuita escala de música.

No son tres sino cinco las escaleras, que bajaba antes de llegar a su domicilio. Piensa lo dificultoso que es a veces pensar. Bajo la inercia del aire, se deja llevar por las calles, en un anonimato acorde a la rutina en la que había convertido su vida. En un minuto, le asalta una angustia visceral. Un frenesí poco conocido. Un sudor frío e implacable le devuelve de inmediato el amago de saltar sobre sí mismo en busca de su metrónomo. Cuenta hasta tres, acompañándose de una respiración medida y disciplinada, agudiza la vista, alerta sus sentidos y sin dilación, recobra de nuevo el paso hacia su casa.

Se abre el telón: administración

Con frecuencia se ignora la trascendencia de un organismo público de cara a ser garante del interés general. La organización administrativa y los empleados públicos son esenciales para establecer un canal público de calidad.

Recientemente se publicaban los perfiles más demandados en el actual mercado laboral, inclinándose por aquellos que tienen que ver con el almacenamiento de datos, la recopilación estadística, la arquitectura web y el desarrollo de infraestructuras; el posicionamiento SEO y el conocimiento de software, entre otros. Pensaríamos así, de forma intuitiva, en la empresa privada.

Sin embargo, con esta somera referencia, también puede hablarse de la propia administración. Big data (uno de los más importantes que se manejan está sin duda en el sector público), estadística, lo mismo; y el componente de software y digitalización cada vez está encontrando más implicación y repercusión en el ámbito de la administración.

Y en esta línea, cabe preguntarse cuál es la causa por la que no se vende ni percibe la administración como un mercado accesible y deseado para los genios de los bits, máxime si tiene la loable encomienda de servir al ciudadano. ¿Es acaso la politización de la administración la que la ha llevado a ser día a día objeto de escaso o nulo interés? Es obvio que necesitamos un sector público que no esté a merced de los partidos políticos y que tampoco sufra los vaivenes de los procesos electorales, viéndose arrastrado o paralizado por el mismo. Cortos procesos de gestión y dependencias de las voluntades políticas no hacen sino desprestigiar la labor pública además de abandonar los buenos usos, la rigurosidad de la administración y en definitiva su eficiencia.

Siempre he creído en la necesidad de que exista un cuerpo de directivos públicos que puedan ejercer labores de dirección sin verse sobrevenidos por circunstancias de índole político. La gestión del cambio vendrá por allí, la palanca de recuperación del valor de lo público deberá volver a instalarse en toda la estructura administrativa y por lo tanto la gestión debe ser también estratégica. Ya hay voces aisladas y también comunidades de ejercientes públicos que están estableciendo la guía de uso para dar la vuelta de tuerca de la administración. La formación ha desvelado comunidades interesadas en flexibilizar un cambio de paradigma, auspiciado por la innovación y un enfoque más acorde al devenir de los acontecimientos.

En estos momentos hablamos de que la contratación pública representa en torno al 16-19% del PIB de este país, y con estas cifras hemos también de pensar como acuñaba Mariana Mazzucato en un Estado emprendedor, donde se permitan establecer riesgos con el objetivo de cumplir una gestión certera a largo plazo.

La administración defiende los intereses generales y el bien común y por ello es de vital importancia las aptitudes y las actitudes, el acceso a la profesión y la evaluación del desempeño. El mérito y la capacidad tampoco están reñidas con la inteligencia emocional y la voluntad. La memoria es un baluarte insigne pero no el único. Existen recursos para ejercer talento que finalmente se pierden por una constante desmotivación que en ocasiones tiene efectos devastadores por el efecto-imitación. El abordaje multidisciplinar permite flexibilizar hábitos en la gestión que desbloquean el inmovilismo. El relevo generacional ha de ser planificado con un hilo conductor de valores innatos a la profesionalidad.

La gestión del cambio y del conocimiento deben ser motores de la evolución en la administración. Y con ellos, la modernización del lenguaje administrativo. Hay asignaturas pendientes como la comunicación de la administración, con instrumentos que velen por el interés público y por ende del ciudadano, sin injerencias partidistas. De la misma manera, hay que crear un lenguaje visible, cercano, que se entienda, que favorezca su implantación en todas las esferas de la sociedad con capacidad de comprensión y con mayor facilidad de ejecución, si cabe.

Pessoa, al fin, tú

 

 

 

 

 

 

Palabra febril. Alma febril y ese cuerpo que a duras penas se confunde con una misteriosa aparición por las calles de Lisboa. Rua da Prata. Eres una lanza encorvada, que disimula la miopía y sufres de aquella maldita y ahora gloriosa timidez enfermiza. ¿Quién eres hoy? ¿Alberto Cairo? ¿Alvaro de Campos? ¿Ricardo Reis?…, o quizá intentes  crear una nuevo personaje para salvaguardar esa angustia y ese desasosiego.

Lisboa querida y arrebatada de niño, Pessoa. Al igual que te quitaron la infancia, te robaron pronto al padre y sin él;  Edipo volvió a hacer de las suyas y cuando falló Edipo, Mr Pickwick inundó tus sombras de historias. Lisboa querida y ausente de niño. Lisboa.

Estudiante prolijo, con una gramática inglesa superior a maestros, por aquellas tierras africanas de Durban de donde todavía conservas ese recuerdo, aunque sólo sea en forma de música. Adolescente huidizo, compensado con la riqueza de tu vida interior que plasmaste pronto en letras y en poemas sublimes.

Me devuelves a Lisboa y creces como lo hace el hombre culto que esperas. Espectador de la vida, náufrago y observador de la costumbre. Caballero de la triste figura. Asiduo a cafés que envuelves de aroma a Brasil y a la colección de sellos que te deja, si cabe, más miope. Aventuras comerciales, traducciones y una misión diplomática fallida, hacen que seas muchos y ninguno, y la anarquía, en el mejor de los casos, envuelva la cotidianidad de tus días. Creador y erudito. Hombre de lenguas. Cautivo paseante.

Eres atlántico como es Portugal y lo viste todo…, un rey, una república, una dictadura; y sobre todo una decadencia. Quisiste abanderar la idea de un país soberano con carácter cosmopolita pero en tu tiempo – como dices- falló lo esencial: “ tornamos a ser portugueses de nacionalidade, mas nunca mais tornaremos a ser portuguese de mentalidade”.

Lisboa. Rua dos Douradores. Y vuelvo a los cafés del Chiado a tu encuentro, porque sé que tu alma no es pequeña. Y vuelves a crear un heterónimo de ti mismo. A disposición del destino, como dirías. Destino que sólo pronuncia un nombre: desasosiego. Darte miedo la locura, no significa que tú tuvieras que pasaras por ella…, más bien tu océano insomne de noches dieron paso a días de vino y brandy, y tu alma se encadenó a un frenesí impenitente de tormentas existenciales.

Palabra febril y alma febril. Tu máscara ha caído y Pessoa, al fin, eres tú. Cautivador, esquivo, brillante. Eres como el eterno fado. Océano y palabra. Lisboa y mar.

“A vida é breve, a alma é vasta”

Mensagem (“O das quinas”), Fernando Pessoa.

A quien olvida su patria

De palabras está hecha mi patria

Que no de sables y revanchas.

Hay quien pierde su nombre por honores

Y por desdén sucumbe a las tristes vanaglorias

 

Y, ¿dónde está quien olvida su patria?

Por ser de todos y de nadie,

Olvido de luchador infatigable

Es aquel

Quien no pone nombre a las cosas.

 

Oído y pólvora de esa vendetta

De unos y otros

Rencores que saben a hiel

Odios que mañana tornarán en guerra

 

Y, ¿dónde está quien olvida su patria?

Por ser de todos y de nadie,

Paseante de certidumbres efímeras

Es aquel

Que vislumbrará el mañana

 

Hay quien vuelve a la patria chica

A la de las palabras

Mudas y solitarias

Ellas no esperan ni reinos, ni taifas

Sólo verdades, que hagan caminar a su alma.