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Si puedes ponerte hoy de puntillas, mañana volarás.

El metrónomo

En sus clases diarias, nunca olvidaba el metrónomo. El creía que a sus alumnos les ayudaba a delimitar tiempos y compases; pero lo que en realidad no sabía es que la esencia de su vida se había colado a través de este instrumento. Daba pasos a ritmo de metrónomo. Escudriñaba los movimientos de la gente a marcha de metrónomo. Pensaba y cerraba sus interrogantes a golpe de metrónomo. Las mañanas se giraban al volante y los atardeceres fríos se agolpaban con ese latido intermitente. Con olor a tronco henchido por las lluvias, las horas se simultaneaban con uno y otro azar, sin más pretensión que pestañear. Doble o nada. El vigía del tiempo, su valor seguro.

10 de marzo de 1933. Nace Philip Roth. 10 de marzo de 1983. Oliver Sacks es fotografiado en Londres. Lee sin descanso números y letras que coinciden en el periódico de turno, mientras deja practicar a sus alumnos uno a uno al piano. Está convencido de que el ensayo de “beatiful mess” acabará por ceñirse al milimétrico espacio de un ritmo exacto. Ha finalizado uno de los ensayos. La infalible sensación de plenitud le hace olvidar en uno de sus rincones tanto el diapasón como el metrónomo y con él, la última de las notas atribuida a su fortuita escala de música.

No son tres sino cinco las escaleras, que bajaba antes de llegar a su domicilio. Piensa lo dificultoso que es a veces pensar. Bajo la inercia del aire, se deja llevar por las calles, en un anonimato acorde a la rutina en la que había convertido su vida. En un minuto, le asalta una angustia visceral. Un frenesí poco conocido. Un sudor frío e implacable le devuelve de inmediato el amago de saltar sobre sí mismo en busca de su metrónomo. Cuenta hasta tres, acompañándose de una respiración medida y disciplinada, agudiza la vista, alerta sus sentidos y sin dilación, recobra de nuevo el paso hacia su casa.

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Se abre el telón: administración

Con frecuencia se ignora la trascendencia de un organismo público de cara a ser garante del interés general. La organización administrativa y los empleados públicos son esenciales para establecer un canal público de calidad.

Recientemente se publicaban los perfiles más demandados en el actual mercado laboral, inclinándose por aquellos que tienen que ver con el almacenamiento de datos, la recopilación estadística, la arquitectura web y el desarrollo de infraestructuras; el posicionamiento SEO y el conocimiento de software, entre otros. Pensaríamos así, de forma intuitiva, en la empresa privada.

Sin embargo, con esta somera referencia, también puede hablarse de la propia administración. Big data (uno de los más importantes que se manejan está sin duda en el sector público), estadística, lo mismo; y el componente de software y digitalización cada vez está encontrando más implicación y repercusión en el ámbito de la administración.

Y en esta línea, cabe preguntarse cuál es la causa por la que no se vende ni percibe la administración como un mercado accesible y deseado para los genios de los bits, máxime si tiene la loable encomienda de servir al ciudadano. ¿Es acaso la politización de la administración la que la ha llevado a ser día a día objeto de escaso o nulo interés? Es obvio que necesitamos un sector público que no esté a merced de los partidos políticos y que tampoco sufra los vaivenes de los procesos electorales, viéndose arrastrado o paralizado por el mismo. Cortos procesos de gestión y dependencias de las voluntades políticas no hacen sino desprestigiar la labor pública además de abandonar los buenos usos, la rigurosidad de la administración y en definitiva su eficiencia.

Siempre he creído en la necesidad de que exista un cuerpo de directivos públicos que puedan ejercer labores de dirección sin verse sobrevenidos por circunstancias de índole político. La gestión del cambio vendrá por allí, la palanca de recuperación del valor de lo público deberá volver a instalarse en toda la estructura administrativa y por lo tanto la gestión debe ser también estratégica. Ya hay voces aisladas y también comunidades de ejercientes públicos que están estableciendo la guía de uso para dar la vuelta de tuerca de la administración. La formación ha desvelado comunidades interesadas en flexibilizar un cambio de paradigma, auspiciado por la innovación y un enfoque más acorde al devenir de los acontecimientos.

En estos momentos hablamos de que la contratación pública representa en torno al 16-19% del PIB de este país, y con estas cifras hemos también de pensar como acuñaba Mariana Mazzucato en un Estado emprendedor, donde se permitan establecer riesgos con el objetivo de cumplir una gestión certera a largo plazo.

La administración defiende los intereses generales y el bien común y por ello es de vital importancia las aptitudes y las actitudes, el acceso a la profesión y la evaluación del desempeño. El mérito y la capacidad tampoco están reñidas con la inteligencia emocional y la voluntad. La memoria es un baluarte insigne pero no el único. Existen recursos para ejercer talento que finalmente se pierden por una constante desmotivación que en ocasiones tiene efectos devastadores por el efecto-imitación. El abordaje multidisciplinar permite flexibilizar hábitos en la gestión que desbloquean el inmovilismo. El relevo generacional ha de ser planificado con un hilo conductor de valores innatos a la profesionalidad.

La gestión del cambio y del conocimiento deben ser motores de la evolución en la administración. Y con ellos, la modernización del lenguaje administrativo. Hay asignaturas pendientes como la comunicación de la administración, con instrumentos que velen por el interés público y por ende del ciudadano, sin injerencias partidistas. De la misma manera, hay que crear un lenguaje visible, cercano, que se entienda, que favorezca su implantación en todas las esferas de la sociedad con capacidad de comprensión y con mayor facilidad de ejecución, si cabe.

Pessoa, al fin, tú

 

 

 

 

 

 

Palabra febril. Alma febril y ese cuerpo que a duras penas se confunde con una misteriosa aparición por las calles de Lisboa. Rua da Prata. Eres una lanza encorvada, que disimula la miopía y sufres de aquella maldita y ahora gloriosa timidez enfermiza. ¿Quién eres hoy? ¿Alberto Cairo? ¿Alvaro de Campos? ¿Ricardo Reis?…, o quizá intentes  crear una nuevo personaje para salvaguardar esa angustia y ese desasosiego.

Lisboa querida y arrebatada de niño, Pessoa. Al igual que te quitaron la infancia, te robaron pronto al padre y sin él;  Edipo volvió a hacer de las suyas y cuando falló Edipo, Mr Pickwick inundó tus sombras de historias. Lisboa querida y ausente de niño. Lisboa.

Estudiante prolijo, con una gramática inglesa superior a maestros, por aquellas tierras africanas de Durban de donde todavía conservas ese recuerdo, aunque sólo sea en forma de música. Adolescente huidizo, compensado con la riqueza de tu vida interior que plasmaste pronto en letras y en poemas sublimes.

Me devuelves a Lisboa y creces como lo hace el hombre culto que esperas. Espectador de la vida, náufrago y observador de la costumbre. Caballero de la triste figura. Asiduo a cafés que envuelves de aroma a Brasil y a la colección de sellos que te deja, si cabe, más miope. Aventuras comerciales, traducciones y una misión diplomática fallida, hacen que seas muchos y ninguno, y la anarquía, en el mejor de los casos, envuelva la cotidianidad de tus días. Creador y erudito. Hombre de lenguas. Cautivo paseante.

Eres atlántico como es Portugal y lo viste todo…, un rey, una república, una dictadura; y sobre todo una decadencia. Quisiste abanderar la idea de un país soberano con carácter cosmopolita pero en tu tiempo – como dices- falló lo esencial: “ tornamos a ser portugueses de nacionalidade, mas nunca mais tornaremos a ser portuguese de mentalidade”.

Lisboa. Rua dos Douradores. Y vuelvo a los cafés del Chiado a tu encuentro, porque sé que tu alma no es pequeña. Y vuelves a crear un heterónimo de ti mismo. A disposición del destino, como dirías. Destino que sólo pronuncia un nombre: desasosiego. Darte miedo la locura, no significa que tú tuvieras que pasaras por ella…, más bien tu océano insomne de noches dieron paso a días de vino y brandy, y tu alma se encadenó a un frenesí impenitente de tormentas existenciales.

Palabra febril y alma febril. Tu máscara ha caído y Pessoa, al fin, eres tú. Cautivador, esquivo, brillante. Eres como el eterno fado. Océano y palabra. Lisboa y mar.

“A vida é breve, a alma é vasta”

Mensagem (“O das quinas”), Fernando Pessoa.

A quien olvida su patria

De palabras está hecha mi patria

Que no de sables y revanchas.

Hay quien pierde su nombre por honores

Y por desdén sucumbe a las tristes vanaglorias

 

Y, ¿dónde está quien olvida su patria?

Por ser de todos y de nadie,

Olvido de luchador infatigable

Es aquel

Quien no pone nombre a las cosas.

 

Oído y pólvora de esa vendetta

De unos y otros

Rencores que saben a hiel

Odios que mañana tornarán en guerra

 

Y, ¿dónde está quien olvida su patria?

Por ser de todos y de nadie,

Paseante de certidumbres efímeras

Es aquel

Que vislumbrará el mañana

 

Hay quien vuelve a la patria chica

A la de las palabras

Mudas y solitarias

Ellas no esperan ni reinos, ni taifas

Sólo verdades, que hagan caminar a su alma.

 

 

 

Hilos de vida

Dicen que la corriente sólo arrastra a los débiles. Pero no debió ser ésta una ilusión vivida hace mucho tiempo ya que le vino a la memoria la noche del día anterior. Las copas de última hora tampoco ayudaron.

En menos de veinticuatro horas se encontraba hundida en el fango, literalmente. Aleteaba entre la mejana para darse el impulso para salir y saltar de allí. Le cegaba el sol de media tarde, el caudal introvertido de un río que se te traga por los pies para aspirarse su propio aliento. Un puente empedrado y la belleza de un horizonte en calma le dieron el suficiente resuello como para subirse a un tronco. Entendía ahora por qué sus antepasados querían que sus cenizas sobrevolasen junto a esa imagen indescriptible de belleza. El horizonte y un río serpenteante. El contraste entre los movimientos del cuerpo y la quietud del agua, le recordó que no sabía quién le había traído allí. Leer más…

Otoño

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Si en bruma me convirtiera

dejaría que el sol se alejara

para buscar la fina lluvia.

 

Y en esa gota empapada

muda y desarmada

el hielo de tu presencia.

 

Iré desdoblando tus aristas

hasta enmudecer tu sombra

y de tu aliento, haré rey al silencio.

 

Qué te queda

sino el río de tu alma

y entre batalla y cruzada

honores y venganza.

  

Sólo la bruma

ve lo que otros no pueden.

y avisado el otoño,

Cae la máscara y baila el sueño.

 

 

Skimpole, o el arte universal del engaño

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Bleak house. (C. Dickens)

 

Los grandes conocedores de la literatura y creadores de la ardua tarea de trasladar conocimientos poco manidos y esenciales para la interpretación de las obras maestras, no suelen ser muy habituales.

Tropecé por casualidad, hace escasos días, con el libro “Curso de Literatura Europea” de Vladimir Nabokov, resultado de las experiencias del autor como profesor de literatura en distintas universidades y en el que repasa siete obras maestras de la literatura universal.

Siete obras maestras, que el prologuista John Updike llega a considerar “tan llamativas como el diseño arlequinado de los cristales de colores a través de los cuales Nabokov de niño, en la época en la que le leían en el porche de su casa de verano, se asomaba al jardín familiar”.

La Casa Lúgubre de Charles Dickens, es una de ellas. Armada por los cuatro costados del mejor y el más universal Dickens, fue supuestamente recomendada y leída por su padre en los años en los que rozaba la adolescencia. Ya entrado en años, el autor de “Lolita”, no dudó en volver a leer y disfrutar con cada una de los personajes que enredan la trama, así como con la belleza de los detalles plasmados de la época.

Hay un personaje en el que especialmente repara el autor, Harold Skimpole; personaje aparentemente secundario que va agilizando el ritmo de la trama, para acabar convirtiéndose en un carácter especial, por las aportaciones que realiza.

Skimpole representa en primer lugar la mente abierta, el candor vivaracho, libre de obligaciones y responsabilidades, un hombre cándido en un mundo falaz que “contacta con una de las más viejas debilidades del mundo: carecer de toda noción de tiempo y de toda noción del dinero”. Él mismo se presenta en uno de sus capítulos como “el ser más maravilloso de la tierra: un niño”.

El mismo cree que es tan inocente, tan digno y tan despreocupado como un chiquillo. Y eso es precisamente lo que atrae de él irremediablemente a los otros personajes.

La sencillez, la lozanía, el entusiasmo y la cándida ineptitud por todos los asuntos mundanos. Lo que hoy podríamos llamar un personaje que provoca una alta empatía, por el contraste que ofrece con lo que nos sentimos identificados a diario.

Es, sin duda, uno de los personajes que Dickens ha trabajado con una original artesanía. Desde sus tics, manías, espíritu histriónico, ademanes grotescos… tiene ese encantador perfil descriptivo que afanosamente cada uno de los lectores van buscando en cada capítulo, aunque aparentemente no pueda aportar nada decisivo en la novela. Apariencia de juglar que, sin duda, motiva la compasión.

Pero lo que en un principio puede darnos idea de un perfecto personaje acusado por el síndrome de Peter Pan; poco dado a madurar, viviendo la fantasía que otorga la inocencia de la infancia; se va tornando diferente en cuanto avanza la novela. De músico aficionado, médico practicante que no duda en abandonar sus tareas, desafortunado en los negocios, exagerado hasta la sátira en sus gestos de inocencia; no es lo que aparenta.

A raíz de este encanto, empezamos a percibir la crueldad esencial, la vulgaridad y la falta de honradez. De ese ingenio infantil, superficial y acomodado benefactor hacia los más desfavorecidos, pasamos a observar una criatura incapaz de desenvolverse fuera del engaño. Skimpole tiene un aguijón que permanece oculto mucho tiempo.

Su mundo es un mundo de imitación, igual que su infantilismo. El niño Skimpole es en realidad Skimpole el impostor. Esa imitación primigenia y reveladora hacia Peter Pan y el mundo de la aventura y el sueño es completamente falaz. El rol de Harold, aparentemente identificado como un ser excluido de la sociedad, -que vela por el inconformismo de la rutina, la atención al que sufre y además se abandona a los placeres mundanos-, queda en entredicho.

Y es sobre todo en este punto, en el que se admira al escritor inglés por la capacidad de crear símbolos universales, que no han trascendido en la medida que deberían, por quedar agazapados a la sombra de los grandes personajes de las novelas que acaban por ejercer de villanos, o tiranos respecto a estos últimos, que se diluyen conforme transcurre la trama.

Charles Dickens es consciente de la brillantez de su creación, pero decide que Skimpole acabe teniendo un papel residual en la novela. Un papel que algunos adelantamos a entresacarlos de ese papel secundario y colocarlo como referente de los nuevos tiempos en tanto en cuanto adquieren una presencia mucho más realista que los personajes de carne y hueso.

También Nabokov reconocería más tarde: “el mundo de un gran escritor es en efecto, una democracia mágica donde el personaje más secundario, el más efímero, como la persona que lanza al aire una moneda, tiene derecho a vivir y evolucionar”.

 

 

A contracorriente

Corrientes peligrosas

Dejó atrás esos amores de agua dulce, retranqueando la puerta del olvido. Si ha de convertirse el amor en infinito, es necesario que desancle el bote en plena marea viva cuanto antes. El sueño del viejo y el mar se apoderó de cuantos se bañaban en las rías con sus poderosas corrientes. No tenía ningún sentido que fueran a contracorriente, -insensatos-, con tan solo mirar sus sonrisas, imaginaba el cambio de ritual del océano y el acecho inimaginable del desastre. No había pieza submarina que pudiera arrebatarles la vida, pero sí roca que contemplara ansiosa sus semblantes, esperando la hora.

Las tragedias campan a sus anchas en el día y la hora menos esperada. Se lo tenía que contar a Ulrico, que retaba en duelo a la muerte los días de plenilunio; con esa chulería propia de quien desconoce las sombras que depara el destino. Y era esa bravuconería la que le había atado de pies a cabeza desde que lo conoció. El amaba la mar por encima de todo, aunque sabía que su tristeza ocasional le recordaba a veces a ella, y es entonces cuando volvía tierra adentro, refugiándose en la calidez del antiguo faro.

Ambos habían nacido al amparo de los símbolos del fuego y el agua; alumbraban su estirpe soñadora bajo los encinares en los meses de otoño, y cruzaban las historias de sus antepasados con el único propósito de sentirse inmortales. A ella le era necesario pintar, lo mismo que a él sumergirse en alta mar. Si el arte tuviera un único semblante, ella lo perfilaría a imagen y semejanza de su espalda y él tallaría en la roca una sirena de los mares de Goring.

A medida que el peligro en el otro lado de la orilla, avanzaba, las olas aumentaban su tamaño y la resaca se hacía cada vez más incontrolada. Aquellos insensatos ya ni siquiera sonreían, sino que más bien, contorneaban sus brazos en señal de auxilio. No se hicieron esperar los efectivos de salvamento que a duras penas esquivaban la torrencial bravura del oleaje.

Fue aquel instante, en el que quiso agudizar su vista para contemplar con mayor detalle lo que ocurría, cuando quedó detenido su corazón, en seco. Como si le hubieran lanzado una piedra desde lo lejos. Lo había visto. Ahí estaba. Era él. Entre brazos, olas, llantos, y agitación. Cuando el hombre es únicamente hombre y queda a merced de la naturaleza…y ahí supo con certeza que su corazón no volvería a latir y que la tristeza ya ni siquiera volvería a ser tristeza.

Si ha de convertirse el amor en infinito, es necesario que desancle el bote ahora, en plena marea viva…y así se adentró en la mar, con los ojos mirando al cielo y dejándose llevar.

 

La sota de diamantes

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“Únicamente conocemos el flujo diario de los acontecimientos perceptibles. Un alma que se ha rebelado contra el carácter rectilíneo de los acontecimientos, es quien ha puesto en jaque a su propia conciencia racional”.

 

Fiódor Dostoievski persigue disuadir así, escribiendo, su persistente dolor en la nada. Confía igualar su propia tragedia con la de los desdichados porque a ellos se les reconocen motivos suficientes y aparentes como para redimir a un pueblo de su propia esclavitud.

Entre cada ataque de epilepsia, apila más textos de Balzac en la mesilla para traducir. Una corriente de aire occidental que no empaña la visión recóndita de la lealtad a unos principios basados en la pasión por la libertad humana.

Y, es Balzac, quien se le aproxima por la espalda con la intención de darle a conocer uno de sus últimos secretos; la transcripción valiosa de una sociedad tan moderna como enferma, más propia de una comunidad de farsantes, donde la apariencia adquiere estatus de realidad incontestable.

El lenguaje es para ellos tan importante como la vida. Porque de ahí nace otra escapatoria y se ahoga el sufrimiento encarnizado que presagia ese otro mundo de la barbarie. El valor de narrar es una forma de inteligencia. Ambos coinciden. Uno abraza la comedia y por imitación la risa. Otro, el absurdo y la naturaleza condenatoria. Es una carrera sin duelo aparente, por alcanzar un destino libre de infortunios.

La simbiosis de la controversia insta al conocimiento de las lenguas. La pluma de Fiódor huele a polvo y chinche de Siberia y la de Balzac a noches insomnes cargadas de excesos. Pero el ingenio se reconoce a la misma distancia que el origen de sus mentes inquietas. A grandes saltos esquivan la sombra de la sota de diamantes, aun cruelmente presente en cada uno de sus sueños. Los personajes se pierden para volver a cruzarse, sin encontrarse de nuevo jamás.

El hombre desplazado

el espíritu de la ilustración

Tzvtetan Todorov se considera un hombre de las dos Europas: la del Este y la del Oeste. Se define como “un hombre desplazado”, ya que siempre viaja de su país de origen y se muestra sorprendido al país al que llega. Es un hombre ilustrado. Manifiesta su disgusto por el maniqueísmo y atisba con gran agudeza la deriva de las democracias modernas. Retrata como nadie el espíritu de la Ilustración, porque cree que Europa es un resultado de esta actitud y su filosofía.

Hoy todos observamos atónitos la puesta en evidencia de las fuerzas políticas centrífugas, y también centrípetas que asolan a los países en su día a día, y en su relación con los demás. Asistimos a un cierto estancamiento porque la verdad se ha vuelto frágil y la opinión pública engulle en momentos decisivos la libertad del individuo.

Una de las proclamas de Tveztan Todorov es volver a recobrar el humanismo de la ilustración: buscar la verdad, en vez de intentar , reiteradamente, poseerla. Tendríamos que respondernos con voz crítica a la pregunta: ¿sobre qué base intelectual y moral queremos construir nuestra vida en común?.

En primer lugar, los hombres de la ilustración, como apunta Todorov, se dedicaban a observar, estudiar y describir creencias que servían de camino a la tolerancia y a la libertad de conciencia. En este sentido, se abría una puerta al mundo sensible y se descubrían los derechos inalienables de los hombres.

Hoy, la alienación en muchos campos en donde actúa el hombre es un hecho, acentuada por una crisis económica que dificulta la difusión de la cultura y el saber.

“El espíritu de la Ilustración hace un elogio del conocimiento que libera a los seres humanos de tutelas externas que los oprimen”, afirma Todorov.

Claves como el conocimiento, la autonomía, la universalidad y el entendimiento no se darían si no se utilizaran el testimonio de los sentidos y la capacidad de razonar. Carecemos de espíritu crítico porque el escepticismo es generalizado y la burla sistemática tiene de sabiduría sólo la apariencia.

La educación es vital para hacer individuos capaces, que les distinga su autonomía y sean conscientes de que el poder público no tiene derecho a decidir en última instancia donde reside la verdad. No hay que confundir los objetivos con los medios .

La pluralidad es en sí, fuente de ventajas . Además, establecer como base la unidad, sacando ventajas de las diferencias, puede facilitar el espíritu constructivo.

Según versan algunas de las lecciones magistrales de Todorov, la Ilustración ya no es una doctrina históricamente situada, sino una actitud ante el mundo.

¿Seremos capaces de seguir integrando las diferencias sin hacerlas desaparecer?.