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Balboa

30/05/2016

 

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A esa hora en la que el barro deja su huella en las calles de Puerto Micay, entró la hora de la desgracia. Todos los pescadores de la zona conocían a Balboa. El pequeño sabueso, el fino perro colombiano, sin casa ni nombre, que apareció en el pueblo como arrastrado por las últimas inundaciones. Mami Gana lo había acogido en su casa. Decía que era el primero en oler la muerte. Daba igual si la mala hora entraba por el agua dulce o salada; Balboa tenía el olfato de los ciegos videntes.

Los pescadores a la vuelta de faenar, temían la entrada en tierra. Balboa les esperaba en el muelle. A una milla vista, ya los ojos del pequeño sabueso se incrustaban en la retina de los marinos. Para algunos, la sangre golpeaba con tal fuerza al notar su presencia; que preferían saltar del barco y llegar a nado, pensando que así, evitarían ser los escogidos por el canino destino.

Primero fue Cruz de la Vera. Cuentan que al minuto del desembarco, el aullador Balboa, pegó su lomo cobrizo a las botas y piernas sudorosas del comandante y no se despegó hasta veinte pasos a la entrada de su chamizo. Lo demás resta contarlo. Las fiebres aparecieron a su esposa y pronto mudó a intermitentes delirios. La cruz no se dejó esperar.

En los meses de aguacero, la mar sólo deja faenar hasta la roca de la Virgen. Y en eso se apoyaban los marinos para pensar que eso les libraría de la mala hora. Las leyendas de la vieja Europa y su océano bribón traían ecos milagrosos de naufragios con supervivientes. Rezaban al tiempo que tensaban las redes e intuían las orejas gachas del sabueso. Acechándoles. Bajo el cielo rebelde y embaucador de fatales destinos.

Esta vez fue el joven Taín. Al despedirse de toda la tripulación y con el deseo de contar a su familia que ya era un hombre de mar, llegó al comercio que regentaban sus bisabuelos. Allí estaba Balboa. Con la inmensa quietud de quien ha cazado un espíritu para la otra vida. El joven Taín, absorto en su horror, buscaba la evidencia. Y así, casi de inmediato, encontró la mala hora. Bajo el surco de las lágrimas de la abuela. Ahí, yacía el hombre que quería para él una mejor vida. Sin aliento.

Mami Gana decidió retener al pequeño sabueso en su casa ya que por las noches intuía, en medio de las incesantes lluvias, voces que hablaban de veneno extraído de caña y dormideras que no dejan rastro.

Una mañana de un mes que nunca deberían haberle puesto nombre, Balboa, desapareció. Ni el sol quiso darle un nuevo destino, ni la lluvia quiso ver su sombra en paradero alguno. El muelle volvió a recobrar la vida.

 

 

 

 

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From → Relato

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