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A contracorriente

27/08/2016

Corrientes peligrosas

Dejó atrás esos amores de agua dulce, retranqueando la puerta del olvido. Si ha de convertirse el amor en infinito, es necesario que desancle el bote en plena marea viva cuanto antes. El sueño del viejo y el mar se apoderó de cuantos se bañaban en las rías con sus poderosas corrientes. No tenía ningún sentido que fueran a contracorriente, -insensatos-, con tan solo mirar sus sonrisas, imaginaba el cambio de ritual del océano y el acecho inimaginable del desastre. No había pieza submarina que pudiera arrebatarles la vida, pero sí roca que contemplara ansiosa sus semblantes, esperando la hora.

Las tragedias campan a sus anchas en el día y la hora menos esperada. Se lo tenía que contar a Ulrico, que retaba en duelo a la muerte los días de plenilunio; con esa chulería propia de quien desconoce las sombras que depara el destino. Y era esa bravuconería la que le había atado de pies a cabeza desde que lo conoció. El amaba la mar por encima de todo, aunque sabía que su tristeza ocasional le recordaba a veces a ella, y es entonces cuando volvía tierra adentro, refugiándose en la calidez del antiguo faro.

Ambos habían nacido al amparo de los símbolos del fuego y el agua; alumbraban su estirpe soñadora bajo los encinares en los meses de otoño, y cruzaban las historias de sus antepasados con el único propósito de sentirse inmortales. A ella le era necesario pintar, lo mismo que a él sumergirse en alta mar. Si el arte tuviera un único semblante, ella lo perfilaría a imagen y semejanza de su espalda y él tallaría en la roca una sirena de los mares de Goring.

A medida que el peligro en el otro lado de la orilla, avanzaba, las olas aumentaban su tamaño y la resaca se hacía cada vez más incontrolada. Aquellos insensatos ya ni siquiera sonreían, sino que más bien, contorneaban sus brazos en señal de auxilio. No se hicieron esperar los efectivos de salvamento que a duras penas esquivaban la torrencial bravura del oleaje.

Fue aquel instante, en el que quiso agudizar su vista para contemplar con mayor detalle lo que ocurría, cuando quedó detenido su corazón, en seco. Como si le hubieran lanzado una piedra desde lo lejos. Lo había visto. Ahí estaba. Era él. Entre brazos, olas, llantos, y agitación. Cuando el hombre es únicamente hombre y queda a merced de la naturaleza…y ahí supo con certeza que su corazón no volvería a latir y que la tristeza ya ni siquiera volvería a ser tristeza.

Si ha de convertirse el amor en infinito, es necesario que desancle el bote ahora, en plena marea viva…y así se adentró en la mar, con los ojos mirando al cielo y dejándose llevar.

 

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From → Relato

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