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Skimpole, o el arte universal del engaño

30/09/2016

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Bleak house. (C. Dickens)

 

Los grandes conocedores de la literatura y creadores de la ardua tarea de trasladar conocimientos poco manidos y esenciales para la interpretación de las obras maestras, no suelen ser muy habituales.

Tropecé por casualidad, hace escasos días, con el libro “Curso de Literatura Europea” de Vladimir Nabokov, resultado de las experiencias del autor como profesor de literatura en distintas universidades y en el que repasa siete obras maestras de la literatura universal.

Siete obras maestras, que el prologuista John Updike llega a considerar “tan llamativas como el diseño arlequinado de los cristales de colores a través de los cuales Nabokov de niño, en la época en la que le leían en el porche de su casa de verano, se asomaba al jardín familiar”.

La Casa Lúgubre de Charles Dickens, es una de ellas. Armada por los cuatro costados del mejor y el más universal Dickens, fue supuestamente recomendada y leída por su padre en los años en los que rozaba la adolescencia. Ya entrado en años, el autor de “Lolita”, no dudó en volver a leer y disfrutar con cada una de los personajes que enredan la trama, así como con la belleza de los detalles plasmados de la época.

Hay un personaje en el que especialmente repara el autor, Harold Skimpole; personaje aparentemente secundario que va agilizando el ritmo de la trama, para acabar convirtiéndose en un carácter especial, por las aportaciones que realiza.

Skimpole representa en primer lugar la mente abierta, el candor vivaracho, libre de obligaciones y responsabilidades, un hombre cándido en un mundo falaz que “contacta con una de las más viejas debilidades del mundo: carecer de toda noción de tiempo y de toda noción del dinero”. Él mismo se presenta en uno de sus capítulos como “el ser más maravilloso de la tierra: un niño”.

El mismo cree que es tan inocente, tan digno y tan despreocupado como un chiquillo. Y eso es precisamente lo que atrae de él irremediablemente a los otros personajes.

La sencillez, la lozanía, el entusiasmo y la cándida ineptitud por todos los asuntos mundanos. Lo que hoy podríamos llamar un personaje que provoca una alta empatía, por el contraste que ofrece con lo que nos sentimos identificados a diario.

Es, sin duda, uno de los personajes que Dickens ha trabajado con una original artesanía. Desde sus tics, manías, espíritu histriónico, ademanes grotescos… tiene ese encantador perfil descriptivo que afanosamente cada uno de los lectores van buscando en cada capítulo, aunque aparentemente no pueda aportar nada decisivo en la novela. Apariencia de juglar que, sin duda, motiva la compasión.

Pero lo que en un principio puede darnos idea de un perfecto personaje acusado por el síndrome de Peter Pan; poco dado a madurar, viviendo la fantasía que otorga la inocencia de la infancia; se va tornando diferente en cuanto avanza la novela. De músico aficionado, médico practicante que no duda en abandonar sus tareas, desafortunado en los negocios, exagerado hasta la sátira en sus gestos de inocencia; no es lo que aparenta.

A raíz de este encanto, empezamos a percibir la crueldad esencial, la vulgaridad y la falta de honradez. De ese ingenio infantil, superficial y acomodado benefactor hacia los más desfavorecidos, pasamos a observar una criatura incapaz de desenvolverse fuera del engaño. Skimpole tiene un aguijón que permanece oculto mucho tiempo.

Su mundo es un mundo de imitación, igual que su infantilismo. El niño Skimpole es en realidad Skimpole el impostor. Esa imitación primigenia y reveladora hacia Peter Pan y el mundo de la aventura y el sueño es completamente falaz. El rol de Harold, aparentemente identificado como un ser excluido de la sociedad, -que vela por el inconformismo de la rutina, la atención al que sufre y además se abandona a los placeres mundanos-, queda en entredicho.

Y es sobre todo en este punto, en el que se admira al escritor inglés por la capacidad de crear símbolos universales, que no han trascendido en la medida que deberían, por quedar agazapados a la sombra de los grandes personajes de las novelas que acaban por ejercer de villanos, o tiranos respecto a estos últimos, que se diluyen conforme transcurre la trama.

Charles Dickens es consciente de la brillantez de su creación, pero decide que Skimpole acabe teniendo un papel residual en la novela. Un papel que algunos adelantamos a entresacarlos de ese papel secundario y colocarlo como referente de los nuevos tiempos en tanto en cuanto adquieren una presencia mucho más realista que los personajes de carne y hueso.

También Nabokov reconocería más tarde: “el mundo de un gran escritor es en efecto, una democracia mágica donde el personaje más secundario, el más efímero, como la persona que lanza al aire una moneda, tiene derecho a vivir y evolucionar”.

 

 

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From → Reflexión

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