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Hilos de vida

04/06/2017

Dicen que la corriente sólo arrastra a los débiles. Pero no debió ser ésta una ilusión vivida hace mucho tiempo ya que le vino a la memoria la noche del día anterior. Las copas de última hora tampoco ayudaron.

En menos de veinticuatro horas se encontraba hundida en el fango, literalmente. Aleteaba entre la mejana para darse el impulso para salir y saltar de allí. Le cegaba el sol de media tarde, el caudal introvertido de un río que se te traga por los pies para aspirarse su propio aliento. Un puente empedrado y la belleza de un horizonte en calma le dieron el suficiente resuello como para subirse a un tronco. Entendía ahora por qué sus antepasados querían que sus cenizas sobrevolasen junto a esa imagen indescriptible de belleza. El horizonte y un río serpenteante. El contraste entre los movimientos del cuerpo y la quietud del agua, le recordó que no sabía quién le había traído allí.

No importaba el límite de la fuerza, pero sí mantener la conciencia. Así, con el zigzag de la punta y el talón, avanzaba, con impedimentos. Recaló a la orilla de las huertas simétricas y vio cómo a lo lejos se imponía un tronco de pino elevado que seguramente se convertiría en un resto de hoguera pronto. Como la corriente iba por delante de su pulso, más acelerada, en una milésima de segundo atisbó una barca con la que podría asirse y así cruzar de lado a lado del embarcadero. Las pupilas fotografiaron en milésimas de segundo la acción de llevarlo a cabo; pero finalmente una maraña de mosquitos que se cernían poco más allá de su frente, le hizo desistir.

Seguiría en una batalla de vida o muerte. El río le había retado a medir su entereza. El paso del meandro, con esa sinuosidad, le desdibujó todavía más la vista, pixelada al estilo Cézanne y apostillada junto a los campos verdes y amarillos. Levantó el brazo para recuperar al menos durante un segundo el movimiento, cuando en ese mismo instante tropezaba con un molino de aceite. Le pareció ver a lavanderas a uno y otro lado del río, saludando. Se le iban enfriando las ideas, pero no el corazón.

En esa pérdida paulatina de sensaciones, percibió otro puente, no sabía si eran voladuras de hierro, o planos de arquitectura. La guerra también tuvo su nombre aquí, pensó. Y con esos pensamientos, apareció a lo lejos una rueda, un monasterio. Retazos de tiempo y de condes, pensó.

Llegó una vez más una corriente más fura y la visión de un azud que chispeaba como la propia virginidad del agua. Allí, su cuerpo tendido, con el fragmento de una vida en corto, esperaba demasiadas respuestas a preguntas que nunca antes se había formulado.

Y así, lentamente los párpados fueron cayendo. Ya no recibió ningún otro estímulo salvo el de algo que le levantó del suelo, les subió a unos veinte metros de altura al tiempo que le hacía desplazarse en un vuelo perspicaz. La distancia y el vuelo redujo al río al de un mero pasajero. El miedo le impedía mirar hacia arriba. Pero, por el contrario, como si de un halcón de caza se tratara, se paraba en seco donde le interesaba, como sí buscara a través de su cuerpo un objetivo con el que hacer diana: oteó un poblado romano a los pies de la civilización con sus coloridas huertas, para coincidir más tarde con una iglesia mudéjar en un promontorio donde las cigüeñas campaban a sus anchas.

En ese momento, cuando el aliento como ser humano iba llegando a su fin, apareció la estepa. La estepa también se convertía en algo conocido. Sus recuerdos afloraban en ese instante de las lecturas de su infancia: “¡Con venas y sin sangre!, tierra polvorienta y de nadie”. Y cuando se repetía para sí esta secuencia, su cuerpo se abalanzó en el vacío. Segundos de extrañeza. Milésimas de no ocurrir nada. Y es entonces, cuando se obró el milagro y empezó a llover.

 

El paisaje a ti, debido.

Fotografía: Sara Aparicio. El reflejo de las nubes.

 

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From → Relato

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