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Si puedes ponerte hoy de puntillas, mañana volarás.

Ecos taciturnos

 

Me vale con una noche. Dijiste.

Y me fui a recorrer los Urales.

Para olvidarme del frío, en la escarcha.

 

Aprender a huir, es fácil. Lamentaste.

Y a ti, la finitud del ocaso, te engaña.

Como esos ecos taciturnos de madrugada.

 

Me basta con tu piel. Escribiste.

Y huí a la selva de lluvias y monzones.

Entre esa naturaleza que aguarda.

 

Quien intuye la niebla, ignora la bruma.

Y sólo el destierro, ama las palabras.

En ellas, se encuentra la desnudez del alma.

 

 

Manoplas desparejadas

aulaHace días que Judith no encuentra ni las chinchetas ni las grapas. Cree que son las malditas Navidades. O la inclemencia del frío. O las llamadas impertinentes de las compañías de teléfonos. O simplemente que se le esfuma día a día la vocación de maestra. Un término poco adecuado, sí. Volveremos a crear una palabra acorde a este sinfín de descalabros como profesora, orientadora y tutora adicta a strepsils con lidocaína.

Con las voces del recreo lo suficientemente lejanas como para concentrarse en su nueva tarea, Judith encuentra el rotulador que le sirve para destacar, desechar, autoafirmarse, meditar, y otras tantas cosas más y se pone manos a la obra. Descansan delante de ella veinticinco trabajos de sus alumnos. Y suspira, como si la labor que lleva repitiendo hace años, fuera como una losa rutinaria, que pesa en la evanescencia del aire. Un aire, concentrado de burlas, sueños de papel y poesías de pequeños elfos.

Y ya no repara en los dibujos, sólo dirige su vista a los nombres; porque ya conoce de sobra a los autores y casi de forma instantánea son números, y esos números o rozan la gloria o la desgracia, (sin tan siquiera saberlo ella)…

Simultáneamente recordaba con el tacto del papel, las cartulinas de colores con las que sonreía cuando aterrizó por un error imperdonable en este oficio. Y le daban ganas de llorar, o acurrucarse entre sus rodillas, o limpiar por duodécima vez las estanterías del aula.

Sin aliento, se da cuenta que llega la hora de volver a escuchar esa sirena de patio, esos tres segundos que la mantienen atada al mundo de los mortales. Qué distintos por cierto, de cuando ella jugaba a la goma, y no hacía más que subirse sus calcetines de perlé para dar buena impresión a la señorita Elena; que conforme pasaban las evaluaciones, exigía sobre todo, un comportamiento impecable en la forma de ser, pasando un poco por alto los conocimientos.

Debía regresar un día de estos al colegio, para ver qué había sido de él. Y qué quedaba de ella, allí.

Como si de un minuto de vida o muerte se tratase, Judith observó a golpe de gesto marcial los veinticinco trabajos y se detuvo en uno, perpleja, al mismo tiempo que escuchaba el murmullo de su clase avanzando a través de los cristales.

Entonces sintió como si le hubiesen hecho una señal para que se parase allí en ese mismo momento. Pasó por alto los belenes, árboles, escenas bucólicas y de familia y se paró en seco. Lo que allí vio fue una manopla dibujada. Una manopla gris y de lana dibujada. Nada alrededor. Sólo una manopla. Ni siquiera el nombre del autor. Ni siquiera el curso. Ni siquiera una palabra. Como un vacío de oro. El folio y la manopla. La nada y el todo.

Sin tener nada de artístico y nada de navideño; no se explicaba por qué sus propios sentidos le habían hecho concentrarse e incluso contrariarse con ese dibujo. Era como un hilo fino imantado del que era imposible separarse. Tenía algo inexplicable dentro de lo mundano, era distinto. Original y tan real que además no contenía ningún peligroso sfumato navideño.

Al abrirse la puerta con una oleada de aire fresco, hizo que se percatara de que todos los alumnos entre risas y gritos volvían a entrar en clase.

Todavía como en trance, Judith con el gesto contrariado y su manera tan sutil de hacer sentar y callarse a la clase, abordó a su reconocido público, sesgando cualquier mirada inocente…

.- ¿Puede decirme alguien quién ha hecho este dibujo?.

Entre risas y tímidas respuestas, acabó por oírse el nombre.

.- Es de Jaime.

Y Jaime, entre una mueca de aturdimiento y de sorpresa, asiente con la cabeza.

Judith atusa sus cabellos sin otro motivo que continuar con la conversación.

.- Y bien, Jaime, ¿me quieres decir por qué has dibujado esto?. ¿Qué tiene esto de dibujo de Navidad?.

Entre las risas de fondo, mofas y otros gestos de desprecio, acabó por oírse una voz de fondo casi imperceptible.

.- Es que en Navidad, yo nunca encuentro la pareja de mi manopla.

Y como si de una revelación se tratara, con esas palabras, con ese sonido fino e imperceptible de respuesta, con ese silencio atrapado en la conciencia de uno, con ese “como quien solo oye llover”, con ese folio imantado a la escasez de caricias de una mano ajada por el tiempo, Judith cambió el semblante. Su gesto adusto se fue transformando una cascada de sentimientos, traducidos en un amago de llanto. Desconsolado e impetuoso.

Sobre sus zapatos, se giró sobre si misma, para no dar señales de debilidad, y se abalanzó sobre el corcho. Quitó la chincheta del último trabajo, que en ese momento resbaló sobre el pupitre más cercano, y colgó el dibujo de la manopla de lana. Y así, sobrevino el silencio.

 

De náufragos y otros

paredonEl silencio abarca mucho más allá de los silencios de madrugada. Y todos los personajes, -bien los interprete como desesperados débiles o desesperados fuertes-, pasean por las estaciones de tren sin parada. Donde se hizo y se deshizo la guerra.

Y no atisbo más olor que el de una metralla gris, en este plomizo día, de un Onetti inoportuno, que ladea su perfil para no verme, y lanzarme un discurso hiriente, a bocajarro.

Ella no cree en las falsificaciones, ha sido su última sentencia. Pero no puede interpretar mucho más que ese pensamiento manido porque hace tiempo que ha descuidado su interés por las letras y también por ella, quien las conduce irremediablemente a esa especie de estado de lucidez. Insoportable, por otra parte.

En la vida te cruzas con personas que vuelves a ver y recordar, pero sólo se quedan en eso, en sombras. Las palabras, no. Una vez te las encuentras, encadenan su propia voluntad a quien les pertenece y aseguran su celda perpetua. El tiempo es, para ellas, el mismísimo siervo de la fortuna.

De un hombre solitario, se impregna un pensamiento derrochador e inequívocamente grandilocuente. Y del triste empeño en convertir identidades en triunfos, asoma el circo de las veleidades y las alfombras de lisonjas. Ella no vive para nadie, ha atemperado con su voz. Como si quisiera dejar una pluma en un cobertizo. Restar aire al viento. Dejar su alma al cobijo del mundanal ruido.

Pasean por las estaciones de trenes, sin parada. Allí donde se hizo y se deshizo la guerra. Son todos ellos; aquellos desesperados débiles, ¿o tal vez fuertes?

( algún día te haré saber Onetti)…

Adagio

adagio1

Claro de luna.

Sobre el espejo de tus palabras, creo adivinar quién eres. No estás hecho de bronce, sino de papel. Y huyes para escribir sobre tus manos, un deseo en forma de quimera.

Me callo las palabras para conocer tu mundo, avistado hoy en mar adentro. Dame nuevos poemas, que de alma viajera, inunden mi sed de mundo. Y procúrame el destino que sueñan las sirenas.

“Adagio” seré, y huella tras huella, reconoceré que hay de ti en la verdad de este otoño doliente.

La danza sin retorno

la danza de Matisse

Quien cambia los pinceles por tijeras sólo espera cruzar absorto los desatinos del destino y disfrazarse de color. Es el color el lenguaje del niño, el mismo niño que hoy inmóvil en su cama, recrea paredes de flores, caras sin nombre y estrellas de mar.

-Henri: Henri Matisse.

Nunca sabrá pronunciar bien su nombre, ella, su musa; Lydia, la rusa bolchevique proveniente de la estepa siberiana. Errante princesa de hielo que contrató para su danza y terminó siendo más parte de él que su propio arte. Quien inundó de azul sus cuatro paredes para ser museo permanente de un fénix que rivaliza con el gran Picasso.
En la estancia del artista, las distancias obligan a saberse parte de un proyecto que insiste en jugar con las telas que le acunaron en sus primeros años de vida.

No quiere pensar en la política que daña el espíritu, la que amenaza con convertirse en su más impertinente enemiga. Piensa en su hija. El lenguaje universal del arte es un lenguaje común que debe servir para compensar las diatribas que asaltan a diario en palabras huecas, simuladas de pragmatismo y que acaban tiñendo de olvido a la poesía.

Delectorskaya se reconoce en la bella durmiente. Sabe las proporciones, conoce el movimiento y coloca las obras en las paredes a medida del genio. Silencio. Horas, días, años. Parte de una historia que sólo se interrumpe por los vaivenes del talento.

La muerte, sin saberlo, anida en el color. Ganar tiempo, significa crear. Y la belleza sólo llama a aquel que, sin saberlo, ve, casi sin mirar.

El sendero de las lamias

lamias

Treinta años en la vida de las lamias es mucho más que tres generaciones de marinos. De todos los caminos que se pueden escoger, la verdadera magia sólo concede deseos con garantía de cumplirse a quienes se adentran en el sendero de las lamias.

Mientras su origen es incierto, estas musas que se vislumbran en el mar y reflejan sus sombras en la costa más lejana, siguen conservando sus patas de aves para volar y su peine de oro para alisar sus largas melenas. Hay quien dice que cantan por amores perdidos o por dar sabios consejos a quienes padecen mar adentro.

El presagio de los vikingos, tiempo atrás, guerreros y cazadores, era que las lamias jamás conseguirían poner un pie en tierra, pues el alma que poseían era tan libre que el primer paso en roca firme, significaría cuerpo de ceniza, alma de nube y corazón de hielo.

-Corazón de hielo, oí a una sirena susurrar, cuando la brisa que me llegaba desde el espigón, me hizo imaginarme entre ellas. Primas hermanas, las sirenas y las lamias, a medianoche se confiesan sus viajes por mar y horizontes velados, posando sus tristezas en las olas que rompen con fuerza para acabar convirtiéndose en un azul intenso que queda atrapado en las entrañas de la tierra.

El tiempo de las lamias representa el tiempo de las mareas vivas. De compás de furia, pues es la luna quien desvela sus secretos de amor y de traición. Entre ellas, se escuchan tímidas historias que pasan de unas a otras, por un fino hilo de aliento, que se desvanece con la amenaza de una impetuosa galerna.
He creído conocer casi a una docena de lamias.

Y, cada año, antes de ser tiempo de perseidas, las vuelvo a ver. Siempre en el mismo lugar. Un sendero que marca el compás del pasado y el futuro. Sobre el mar.

Desórdenes difusos

paca

En el mundo de la belleza, no hay tiempo para respirar desórdenes difusos. El verano se apropió de su memoria, o más bien la memoria dejó su rostro en el polvo de la llanta de la bici.

Y así era como todas las mañanas de los meses de agosto, de los años impares, como quiera que te llamases, percibías el sudor del manillar, la goma tensaba los músculos de tu muñeca, dejando pequeñas marcas, que no hacían sino representar el deseo de agarrarse fuerte a algo; como si los veranos fueran ese trance, que si pierdes un segundo, se puede convertir en años perdidos a lo largo de toda una vida.

Pocas veces se representa la belleza con tanta intensidad como cuando la retina archiva fotogramas de instantes que sólo se reproducen involuntariamente con el transcurso del tiempo. A veinte años vista, en un sueño de medianoche, o en una conversación placentera, donde la melancolía acaba arrancándote hasta el último jirón de la invariable y apisonadora rutina.

LLegó a tener tantas ruedas de bicicletas como pares de zapatillas de tela, como amigos de piscina que sólo se repiten un años, como libertades prohibidas al son de la media luna.

Pero en los veranos sólo importa cuán lejos busques los campos de trigo cosechados…, cuántas veces decidas tumbarte en el páramo de cerca del río…, cuántas cartas de amor estés dispuesta a escribir para ese amor caprichoso, que acaba convirtiéndose en un espejismo.

En el tiempo de la belleza, no hay ocaso que se repita, quienquiera que fueses. En ese duelo a muerte entre la adolescencia y tú, te tragabas todos los “wwestern” porque luego tú tenías tu caballo veloz que te llevaba hasta el mismo Colorado. Polvo de magia, bruma de arena, desierto de letanías. Tú y tu cinturón, sin hebilla.

No hay tiempo de belleza que no se derrita y transforme en volúmenes caprichosos. Ahora entiendo quienquiera que fueras, que aprendieses a modelar el tiempo y el barro al mismo instante.

Fui sombra de tu sombra en ese tu juego preferido, el escondite. Entre pacas y segadoras. Algunas, recordarme quieres, de ese paraje preferido de la Toscana, pero finalmente no lo hiciste, por saberte atado a esa inocencia que sólo pinta pacas con aristas, rectangulares; las que salen del trabajo sin guantes y perfilan callos de un año para otro. Volúmenes delimitados a la aspereza del sol y el calor. Líneas que aprenden a acomodarse unas al lado de otras.

No hay olor que no transforme a la belleza. Y respiro hoy, y vuelves, así liviano, con el verano. Y cuando decido hablarte, simplemente te vas. Y es entonces, cuando me sonríes…

Quienquiera que fueres.

La otra mirada

la otra mirada

He decidido ausentarme de la realidad. Consciente o inconscientemente me he programado fuera del sistema. El ser ciudadano y por casuística pertenecer a una idea de conjunto o de civilización sujeta a unas normas, no me da derecho o mejor me da derecho pero no deber a verme inmerso en una vorágine de asaltos electorales que no hacen más que revalidar el ocaso de una civilización pensante y el renacer de algo que ya creía ciertamente desaparecido, la idea de la puesta en marcha de las egolatrías, sin límites, en aras de algún que otro “príncipe” defectuoso en el primer estadio de la gobernanza que es la presentación en sociedad.

En el subsuelo del escepticismo, cualquiera puede bucear en el descontento, (propio y general). Y así, muchas veces, pertrechados por la ley de la funesta crisis, no ha quedado otro margen de maniobra que el surgimiento de redes sociales o de ciudadanos, que cuentan entre sus filas con un amplio respaldo- si no ideológico- al menos conjugado con la retórica del consabido bien común, asentado en el ejercicio de la libertad y la responsabilidad.
Como suele pasar en casi todos los movimientos, – sobre todo si estos están llamados a organizarse-, en esa primera línea del escuadrón están los programadores de valores o hacedores de propuestas que acaban por mimetizarse con un ideal; son alfiles deseosos de progreso, que a la primera decepción, retornan a su primigenio estado. Abandonan. Conozco muchos: son remeros de la voluntad con importantes dotes de voluntarismo y gran generosidad de espíritu.

Pero además, en el momento en el que a un ideal le tienen que poner collar y dueño, también le están poniendo fecha de defunción. Algo paradójico pero que recurrentemente se va repitiendo en la historia. Pocas han sido las ideas originales que asimiladas a la política, han legado a ser hitos, y sin embargo personajes encumbrados en mitos, han sido unos pocos más.

Curiosamente cuanto más defenestrado está el arte de la política, más nos la encontramos que impregna la sociedad civil, y más posturas antagónicas, celebra; igual de antagónicas que serán las opiniones de quienes están y estamos llamados a urnas.

Nadie está quedando inmune al asalto de la política en todas las esferas. El retrato de una sociedad que despacha a diario con las virtualidades de algo que se nos vende como logro o descalabro, no deja de ser un juego entre la verosimilitud y la inversosimilitud. Por supuesto siempre está la opción de entrar o no entrar en este juego y, a vistas de las apuestas, tratar de hacer lo creíble, un poco más increíble (con ambas acepciones de la palabra) o al contrario: que lo que hasta ahora parecía imposible, tenga mayores visos de realidad, (incluso partiendo de premisas falsas). ¿Se animan a jugar?.

El último ensayo

En las letras aparecen las sombras
y de las sombras escojo la tuya
de penumbra y gloria
porque algo tiene
de iguales,
de tuyo y de mío

Retina que empaña… da luz, a tu nombre. Y yo, muda, atada a tu indómito espíritu. Memorizo todas aquellas palabras que no pronunciaste. A vueltas, respiras y me examinas.

En la lejanía aparecen las siluetas
y de ellas escojo la tuya
de valor y melancolía
porque algo tiene
de iguales,
de tuyo y de mío

Tinta que retrata…con carbón, tu cuerpo. Y yo, perfilada, en la desnudez de tu torso. Repaso el último ensayo, que desde otoño amagaste. A suspiros, me envuelves en una tímida despedida.

Y en el reloj aparece la hora
y de ellas escojo la tuya,
de silencio y verdad
porque algo tiene
de iguales,
de tuyo y de mío

 

In a broad valley, at the foot of a sloping hillside, beside a clear bubbling stream, I met you.
(in my mind).

Perpetuo transeúnte

equipaje de mano

“Tratarás de crear de la nada y desde el retiro forzado”. Así fueron las últimas palabras que consiguió arrancarse de su memoria mientras se desvestía. Suspendida entre ese espejo y esa luz de medianoche, hubiera querido bailar, auparse a esa zapatilla de ballet y demostrar su equilibrio, tan severo y medido, como las pautas de vida tan herméticas que últimamente se había impuesto. Era la exigencia de una perfección, que daba al traste con su invariable actitud de perpetua embaucadora no se sabe muy bien si de sueños o de pesadillas.

Las ramas de escarcha y nieve invitan a la poesía, o al menos así lo creía, y en menos de dos horas, había puesto un pie en Votkinsk, y otro en Nikoláevka. Miradas de frío que asienten ante los revisores de un tren, deben ser las cinco de la tarde, y no sé todavía qué llevo en el estómago, la punzada de la pluma, la punzada del hambre, y mis arterias están heladas como las vías de este tren.

A nadie le importa el hambre cuando hay prodigio y talento para sentarse en la mesa. La había oído en algún sitio, o la estaba traduciendo en esos momentos de unas líneas de Sergei. Amigo y compañero de infancia, conocedor de cada uno de sus movimientos, suplantador de genios y hacedor de consuelos; pero con el impropio deseo de abarcar una vida que no es la suya.

El frío dejaba entrever la palma de la mano, lacerada por el equipaje de mano y de sus idas y venidas de estación a estación. Esa era la casa donde debía pernoctar y acaso su poco espacio no permitía pensar en otra cosa que no fuera una chimenea y la partitura inacabada y hecha añicos de su propios antepasados.

Decidió comenzar la tarea que se había propuesto hace diez años, cuando la juventud soslaya las cosas importantes y te deja frente a otras por las que pagas el precio irracional de una pasión. No conservaba más que un pequeño cuaderno cuyas páginas, algunas de ellas empapadas, mostraban notas y libros de autores, en una letra de la que era difícil rescatar algún sentido.

Se reía al pensar que era plenamente consciente cuando la percepción del frío se podía convertir en calor y viceversa. Con el frío sabía que venía la letra, el trazo seguro y una cadena de ideas, apareadas a un lenguaje. El calor devolvía el trazo remarcado de una idea que generalmente cobra fuerza y acaba en un perfil desdibujado, ajado y moribundo. Y siempre era el mismo. Coincidencias o propios desatinos de vida. Lo cierto es que ese año se había olvidado de la Navidad.